Click acá para ir directamente al contenido

Jueves 16 de enero de 2020

Cómo abordar cambios inesperados en nuestra rutina: situaciones sociales y personales que afectan nuestro día a día

¿Qué nos pasa cuando se pierde nuestra estructura o rutina cotidiana por situaciones que no dependen de nosotros? Te invitamos a leer una nueva columna del área de Consejería y Salud DAVE.

Por Alejandra Zuleta Castro, psicóloga del área Consejería y Salud DAVE.
Es común que tendamos a organizar y planificar el día a día. Nos acostumbramos a tener rutinas; por ejemplo, levantarnos a cierta hora para ir a la universidad o trabajo, y desde ahí visualizar todas las actividades que se nos vienen en el transcurso de la jornada (clases, talleres, trámites, vida social, tiempo en pareja, etc.). Sin embargo, hay situaciones sociales y personales, como pasar un período de cesantía, la suspensión de clases no planificadas, o una enfermedad que nos haga permanecer en casa, que afectan nuestro funcionamiento cotidiano e implican la necesidad de adaptarse a estos cambios.

En un principio puede ser positivo disponer de más tiempo para hacer otras cosas, pero si en la medida que pasan los días no logramos encontrar algo en qué ocuparnos, es posible experimentar estrés y malestar emocional, sobre todo considerando que no depende de uno mismo el retomar la rutina. En este sentido, ¿qué nos pasa cuando se pierde esta estructura o rutina cotidiana por situaciones que no dependen de nosotros?

Si pensamos en vacaciones, las visualizamos como un espacio en el cual está permitido y es esperable descansar, pasarlo bien e incluso no hacer nada. Pero cuando no lo son, y es una pausa inesperada, es posible vivirla con culpa. En esta incertidumbre podemos fantasear con la avalancha de cosas pendientes, todas urgentes de resolver, sin saber cómo priorizarlas. Al tener más tiempo, también nos damos espacio para pensar e incluso sobre pensar algunas cosas. También pueden surgir temáticas que en otro momento no nos damos el tiempo de evaluar.

Ahora bien, cuando hay posibilidad de resolver lo que estoy pensando, puede ser muy positivo, pero si la solución del conflicto no depende de mí, se construye más bien en un problema irresoluble, que en un espacio reflexivo.

Otro fenómeno frecuente que ocurre cuando nos toca pasar más tiempo en casa involuntariamente, es que se agudicen tensiones previas o intensifiquen dificultades relacionales de tipo familiar. Perder temporalmente un sustento económico o las responsabilidades a las que estamos acostumbrados, son factores de tensión en sí mismo, situación que suele estar acompañada de una sensación de incomprensión por parte del entorno.

Por otro lado, en contingencias como la que hoy enfrentamos, es posible que se dificulte el relacionarse con el grupo de pares, e incluso que surjan tensiones al interior de la relación de pololeo o pareja por intensificarse diferencias de opinión que se puedan tener. 

Entonces ¿qué hacer para no desesperarnos?; si bien no hay fórmulas secretas para ello, siempre es una buena herramienta ocuparse; sentir ser una contribución, dar sentido a los días, dar tiempo para resolver cosas que no se haya podido antes, avanzando en lo que sea que se tenga pendiente de a poco, aprendiendo a priorizar las responsabilidades, entendiendo que no todo tiene el mismo nivel de urgencia. Asimismo, resulta vital tomar conciencia de cómo nos estamos comunicando y también aprender a dejar ir lo que no dependa de nosotros resolver, para hacernos cargo de lo que sí esté en nuestras manos solucionar o avanzar.