Enviar este Artículo Imprimir este Artículo Aumentar tamaño de letra Disminuir tamaño de letra

Rodrigo Larraín: ¿En qué campo se juega la elección presidencial?

Por Rodrigo Larraín, académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Chile.

16 noviembre 2017

Lo qué se juega en la elección presidencial no es el cambio del sistema, sino hacerle algunas modificaciones en la línea de lo que el pueblo –quizás si sólo la opinión pública- quiere, tal como se evidencia en las protestas. No hay ninguno que esté por un cambio de estructuras, en verdad sólo uno, pero sus posibilidades no existen. Los temas se han desplazado a cuestiones de sensibilidad, a tratar de encontrar a alguien que comparta una manera de pararme en la realidad, por ello buscamos encontrar a otros que tengan una sensibilidad parecida. Más que el tema de la sociedad que se quiere construir, es más bien cómo seremos parte de esa sociedad dado que nuestra incidencia es mínima (por eso es que no se confía en los políticos, ya que no se condicen ni proponen lo que nosotros queremos que propongan).

Las encuestan muestran que son la familia, en primer lugar, y luego los amigos y, más atrás, los compañeros de trabajo, los principales grupos de pertenecía; no están las iglesia ni los partidos; no obstante haber mucho grupo de ayuda social, sobre todo en jóvenes. Sin embargo, más de la mitad de las personas consideran al trabajo como incompatible con la vida de familia. La política no pasa de ser un dato, más no una forma de vida, como lo fue desde mediados de los cincuenta hasta casi los noventa del siglo anterior, en que militar era sumergirse en una subcultura.

En definitiva, el partido y las comunidades religiosas satisfacían ampliamente la necesidad de pertenecer, de tener ideales, identidad y sentido de la vida; la política era, para la gran mayoría que estaba ajena al ejercicio del poder una sensibilidad compartida. Conciencia, voluntad y acción idealista son lo que hoy falta. Es curioso que políticos viejos (y jóvenes envejecidos) que saben de ese tiempo no hayan logrado sintonizar con una dimensión más axiológica y existencial.

Nuestra sensibilidad es un modo de relevar aquellas cuestiones que forman parte de nuestra subjetividad, que muchas veces no podemos expresar, pero que configuran expectativas, sueños e ideales. Estos permiten darnos cuenta de cuan buena o no es nuestra vida. Que de antemano aceptemos que no podemos cambiar el mundo, no significa que dejemos de anhelar mundos posibles.

Lo preocupante que esos mundos soñados no parecen tener relación con los valores democráticos (y la cultura democrática) y tampoco, con la modernidad, como se aprecia en el poderoso resurgir de las adivinaciones, pseudociencias y, derechamente, magia en muchos programas radiales y televisivos, lo que muestra un interés por respuestas que creíamos imposibles; también evidencia una sociedad no secularizada. Los empresarios que se coluden, que hacen elusiones impositivas, en general, que distorsionan el mercado, son premodernos. Buena parte de los estudios muestran que el ascenso social y la meritocracia están bloquedados por el capital cultural y una red de contactos amiguistas, familiares y de identidad de clase. Nuevamente esto es una añejez, puesto que la adscripción es no moderna. Esto se pude apreciar en cómo y cuáles carreras se eligen según estrato social. También ese premodernismo se observa que, habiéndose deteriorado las clases, hasta transformarse en meros segmentos estadísticos sin ninguna conciencia colectiva, este rasgo aún se mantiene en los sectores acomodados parcialmente. Algunos denominan a este sector derecha social, pero es el "pituquismo" histórico de un cierto club, reforzado por el arribismo tradicional chileno por pertenecer a un sector que nunca les franqueará el paso Esa es, por lo demás, la crítica del rector de una universidad que sabe de lo que habla.

El debate cupular sobre programas, sobre cifras y tecnología política muestra dos cosas. Primero, que las élites políticas no han sintonizado con la sociedad civil que ve muy pocas diferencias entre los candidatos principales, el resto tiene características de pintoresquismo más bien. No se construyen sueños a partir de cifras o programas que son propios de una racionalidad instrumental, al revés de los proyectos de la Patria Joven, la Unidad Popular o de la Concertación de Partidos por la Democracia, que nunca descuidaron la subjetividad de sus adherentes y ampliaron su apoyo tocando los aspectos más profundos e íntimos de los electores. Ese es el cambio mayor entre los gobiernos de Aylwin y Frei, este último gobierno se volvió tecnocrático hasta la saciedad. Segundo, que los partidos, sus actores y el público interesado en política vive en lo que los sociólogos llamamos actores zombies; se trata de considerar vivos y con una influencia a entidades políticas que, conservando el nombre, como los partidos políticos, por ejemplo, no son lo que fueron desde hace bastante tiempo. ¡Dónde están la educación política, los documentos informativos, las revistas o periódicos de esas organizaciones! Una cúpula o un padrón de inscritos notarialmente no reflejan ninguna clase de vida partidaria, una sensibilidad compartida, cuando las bases muchas ni siquiera se reúnen, a los más las cúpulas.

Así que políticamente se juega muy poco en estas elecciones, económicamente lo mismo, no hay una propuesta de reemplazar los ejes de la economía, a lo más, según la tierna expresión americana, se propone un "capitalismo compasivo". El fin de la Concertación fue porque la mantención del poder se veía amenazada si no se asumían medidas que remecieran a los electores en su subjetividad: salud, tercera edad, Constitución, beneficios estudiantiles y para los pobres del campo y la ciudad, en general. La Nueva Mayoría propuso reformas en el ámbito económico que fueron saboteadas desde dentro de la coalición gobernante y de la oposición, por supuesto. El gobierno se dejó ningunear, los ataques a las reformas sobre impuestos y laboral no se habrían discutido en el ámbito técnico, los ataques se centraron en la incapacidad del Ministro Hacienda de hacer una buena reforma, ello se aceptó y el ministro salió y la Nueva Mayoría perdió la oportunidad. Los políticos antiguos sacaron los argumentos más absurdos, incluso revivir un anticomunismo zombie, como si aún hubiese Guerra fría, llamativo es que dirigentes con buena formación intelectual repitieran argumentos absurdos. La desafección por la política también tiene una componente de desprecio a los líderes, y una vez más se exhibe una impúdica falta de sintonía con las demandas de la sociedad.

¿Hubo alguna propuesta novedosa por el lado subjetivo sensible? Quizás la de Beatriz Sánchez, pero se diluyó en la bajada de sus propuestas, llenas de crítica moral a los otros "viejos" políticos, a contenidos concretos, en todo caso ninguno de ellos amenaza con la transformación del sistema, por usar la palabra de un líder del Frente Amplio. Además que cayeron en disputas intestinas que le quitó el aura de reserva moral política. Se trata de un inmenso colectivo con unos micro partidos.

La legitimidad de los partidos se erosionó bastante con las acusaciones de corrupción, por lo que el foco se trasladó a los candidatos, los que tratan de identificarse con los electores. O sea, "Yo los represento no necesariamente por mis ideas sino porque como persona soy parecido a usted". Por usar un lenguaje académico, se ofertan distintas competencias (muchas encuestas miden competencias llamándolas atributos).

Por último, los pronósticos de abstención muestran que la política y sus procesos son irrelevantes para un sector importante de nuestros compatriotas, nada los conecta con ese mundo.